Soy consciente de que muchos no se lo creerán pero sí, hoy, 15 de noviembre, a mis 28 años, me he estrenado. Después de que todo el mundo me aconsejase la experiencia asegurando que, si todo sale bien, experimentas una gran sensación de bienestar, hoy lo he comprobado. Bueno, sinceramente, he de reconocer que el placer ha sido escaso y, en todo caso, lo que sentí fue una gran preocupación durante los 30 minutos que vinieron después. La verdad, es que para estas cosas soy demasiado tímida.
En mi defensa he de decir que yo no quería y que fueron las circunstancias del momento las que me llevaron a dar el paso. Llevaba años rondando mi cabeza la idea de que si en algún momento se daba el caso, lo haría sin pensarlo. Pues bien, hoy fue el gran día. Tuvo a las 7.39 de la mañana, en la estación de tren de Oviedo y, como no había mucha gente, la cosa quedó entre las cinco personas que nos vimos implicadas.
Para variar, yo llegaba con el tiempo justo para coger el tren y, cuando bajé las escaleras que me llevaban hasta el andén, vi que la luz de la locomotora estaba alumbrando hacia mí como avisándome de que, si no corría, me quedaría en tierra. Corrí, y llegué a la primera barrera para pasar la tarjeta y acceder al tren, pero las puertas no abrieron. Decidí cambiar, y corrí hacia la otra barrera que estaba más cerca del tren pero, nuevamente, las puertas estaban bloqueadas. A mi lado, unas chicas también lo intentaban con sus billetes sin éxito. Detrás, unos chicos esperaban riéndose de nosotras y sin preocuparse por la posibilidad de perder el tren. Me fijé que la pantalla que te confirma si tu billete o tarjeta se ha cancelado correctamente, me comunicaba que los títulos habían caducado. “¡Imposible! Hasta finales de mes no se acaban”, me dije convencida.
De pronto, vino un revisor y les dijo a las chicas que no sabían meter el billete correctamente, y les abrió una puerta para que accediesen al tren. Yo, indignada, le dije que mi tarjeta no funcionaba y también pasé sin que el hombre hiciese nada para impedirlo. Cuando llegué al vagón, me puse a buscar como una loca el recibo de la última vez que había cargado la tarjeta, dispuesta a cantarle las cuarenta al revisor si me decía algo por no haber cancelado el billete. ¡Cómo no! En mi cartera había miles de papeles y muchos recibos que no valían para nada. Los tiré todos y volví a buscar. Al fin lo encontré y comprobé que… efectivamente, los billetes habían caducado. Disimuladamente, miré el dinero que tenía en la cartera, una fortuna de 6 euros que no me daría para pagar la multa que un empleado retorcido me podría imponer si descubría que no había pagado el viaje. Cerré la cartera, me puse los cascos y recurrí al viejo truco de hacerme la dormida, aunque no lo conseguí por los remordimientos de conciencia. Una vez pasado el susto, casi 12 horas más tarde, he de reconocer que la experiencia no restará ni un minuto de mi sueño esta noche.
Yo he salido indemne de la situación y creo que RENFE no se irá a la ruina por mi primer ‘simpa’ o, al menos, el primero del que soy consciente. Probablemente si hago memoriadescubro que se produjeron situaciones similares en mi vida, pero seguro que no tan peligrosas como esta. Por favor, si alguien ha pasado por esta experiencia, agradecería que me la contaseis ;-)
